La otra cultura chilena: la que sigue funcionando después de septiembre

La otra cultura chilena: la que sigue funcionando después de septiembre
La otra cultura chilena: la que sigue funcionando después de septiembre

En septiembre, Chile se llena de fondas y ramadas. Hay terremoto, completos, empanadas, cueca y anticuchos. Hay ropa nueva y desfiles de estudiantes marchando por las calles del barrio, con las bandas instrumentales de los colegios tomándose la plaza y las familias mirando orgullosas desde la vereda. Hay encajonamiento. Hay fotógrafos corriendo delante de los desfiles para vender después las fotos. Hay ese humor tan chileno en los nombres de las fondas, que cada año compite por ser el más ingenioso.

Todo eso es cultura. Es una de las expresiones más masivas, más queridas y más nuestras que tenemos.

Pero la cultura chilena no termina el 19 de septiembre.

Hay una cultura que no se financia sola

Una biblioteca pública en un pueblo chico no cobra entrada. Un museo regional tampoco. Una agrupación que enseña un oficio ancestral a niños de una escuela rural no vende nada. Un espacio cultural de barrio, con talleres gratuitos de música o teatro, no tiene cómo cubrir sus costos solo con lo que recibe de quienes participan.

Nada de eso hace que sea una cultura “más importante” que la de septiembre. Es, simplemente, una cultura distinta: la que ocurre todo el año, en los territorios, casi siempre sin que nadie la esté celebrando. Todo eso también es cultura chilena. Lo que cambia es cómo puede sostenerse.

Esa parte -la que enseña, la que conserva, la que junta a una comunidad sin cobrarle- depende en mayor medida de fondos públicos, alianzas con fundaciones o aportes de empresas. Y es justamente la que más se resiente cuando esos recursos bajan.

Cuando el presupuesto disminuye

Este año, el presupuesto de cultura para Chile en 2026 se redujo en $51.750 millones, cerca de un 10% de lo que el Congreso había aprobado para el sector. Es una cifra bastante mayor al ajuste general del 3% que se había solicitado a los distintos ministerios.

Uno de los programas más afectados fue el Pase Cultural, que ayuda a jóvenes a acceder a espectáculos y talleres: perdió cerca de un tercio de su presupuesto. Es un ejemplo concreto y fácil de imaginar: menos entradas subsidiadas, menos jóvenes entrando por primera vez a una obra de teatro o a un taller.

No hace falta trabajar en cultura para que esto importe. Si en tu comuna hay una biblioteca con menos horario, un taller que este año no se hizo, o una agrupación patrimonial que tuvo que reducir su equipo, ese es el efecto directo de un presupuesto más chico.

La educación patrimonial no consiste en agregar una clase de historia local al calendario escolar. Consiste en reorganizar la relación entre el aprendizaje y el contexto donde ese aprendizaje ocurre. En el caso de Raíces de Barro, esto se tradujo en un proceso de diseño colaborativo: docentes identificaron los contenidos curriculares que debían trabajarse con los estudiantes, y junto a las artesanas de Terrasol se diseñaron actividades que los abordaran desde la alfarería diaguita. No como ilustración decorativa de un contenido, sino como el medio a través del cual ese contenido se construye. El barro, en este contexto, no es un material de arte. Es una tecnología ancestral que convoca habilidades motrices, pensamiento espacial, comprensión histórica, identidad territorial y expresión creativa al mismo tiempo. Es, en términos pedagógicos, un recurso extraordinariamente rico que hasta ahora permanecía fuera del aula.

Sostener la cultura requiere más de una fuente

Cuando el financiamiento público baja, se vuelve más relevante que existan otras formas de sostener los proyectos culturales. No como reemplazo del Estado, sino como complemento.

En Chile existe, por ejemplo, la Ley de Donaciones Culturales, que permite conectar proyectos culturales aprobados con empresas y personas que quieran aportar directamente, bajo un mecanismo definido por la legislación. Puedes revisar cómo funciona en estacionc.cl/donaciones-culturales, donde además hay un simulador para calcular casos concretos.

En los territorios, esto ya está ocurriendo. El Espacio Cultural La Casona 234, en Vicuña, sostiene su programación combinando fondos públicos, aportes privados y el trabajo constante de su comunidad. Lo mismo hace la Agrupación Cultural Terrasol, que enseña alfarería diaguita en una escuela rural de Diaguitas: no vive de entradas ni de septiembre, vive de que distintos actores decidan, cada año, seguir apostando por ese proyecto.

Todo eso también es cultura

Las fondas van a estar bien este año, como todos los años -y eso también es algo para celebrar, porque forman parte de lo que somos. El desafío está en otro lado: en marzo, en junio, en noviembre, cuando ya no hay bandera ni feriado, y una biblioteca rural, un taller de alfarería o un espacio cultural de barrio necesitan seguir abiertos igual.

Esa cultura -la que no tiene feriado ni bandera, pero tampoco deja de estar ahí- también depende de que sigamos eligiendo sostenerla, de más de una forma.

Si esta conversación te interesa y estás buscando formas concretas de sostener o hacer crecer un proyecto cultural, en Estación C reunimos herramientas gratuitas para gestores y organizaciones -desde información sobre la Ley de Donaciones Culturales hasta guías para postular a fondos públicos. Puedes revisarlas en estacionc.cl/herramientas.

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